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Una de los aspectos más
importantes en la vida de un niño son las relaciones sociales.
En cada una de las cosas que un niño realiza hay un componente
de interacción con los demás que determina en gran medida
(facilitando o entorpeciendo) su bienestar personal y emocional.
Numerosos estudios confirman que unas relaciones sociales
positivas son importantes para el éxito escolar, la autoestima y
la adaptación personal.
En la interacción con los
iguales, podemos encontrar niños con muy diversos “patrones” de
comportamiento social: niños alegres y simpáticos muy queridos
por sus compañeros; niños líderes por su gran capacidad de
iniciativa y creatividad en los juegos o para organizar a un
grupo; niños sociables y extrovertidos pero que les gusta
relacionarse en grupos muy reducidos; niños de tan solo un
amigo-a íntimo; niños tímidos y algo retraídos que están a
menudo solos pero son aceptados; niños “agresivos” y mandones
que humillan y critican a los demás; niños con amigos pero
fácilmente manipulables por los otros; niños con gran deseo de
interaccionar con los demás pero que fracasan en sus
interacciones por motivos diversos, “graciosos” y payasetes que
buscan de esta manera ser aceptados; etc.
Es evidente que algunos de
estos “comportamientos” reflejan una buena competencia social y
otros por el contrario, indican una falta de ésta. Tener una
buena competencia social es un factor de seguridad y bienestar
psicológico que proporciona a un niño la confianza en sí mismo,
el placer de sentirse a gusto en la propia piel y la capacidad
de expresar a los demás lo que siente y piensa. Y por supuesto,
un niño seguro es capaz de afrontar situaciones y experiencias
sociales nuevas porque no está condicionado por el miedo al
fracaso o al rechazo de los otros.
Pero por el contrario, el niño
que no es capaz de actuar socialmente de forma “competente”, se
siente inseguro, no tiene confianza en sí mismo y es baja su
autoestima. En muchos momentos, la ansiedad y otras emociones
negativas, pueden interferir en su interacción con los iguales y
por ello, a menudo tiende a realizar conductas “inadecuadas”:
retraimiento, timidez, actuar de forma impulsiva, agresividad
física o verbal, etc. Y este niño aprende que aunque quiere
tener amigos, siempre acaba haciendo las cosas mal y no tiene
nada bueno que ofrecer a los demás. Debajo de la conducta de
estos niños hay ansiedad, miedo y tristeza.
Es creencia común que la
simpatía y el “atractivo social” de algunos niños es innato y
natural y parecen que han nacido para “triunfar” y que otros
niños carecen de este don innato y que por ello, su integración
social lógicamente está condenada a atravesar etapas de todo
tipo: aceptación, rechazo, soledad…hasta poder encontrar su
lugar en el mundo de los iguales.
Está claro que hay niños con
una gran inteligencia social y emocional, capaces de expresar
sus propias emociones y pensamientos y entender las de los
demás, y otros niños “perdidos” en un mar de emociones que no
saben manejar. Sin embargo, también está claro que la
competencia social se puede aprender y que todo niño puede
hacerse un “experto” en Habilidades Sociales.
Las Habilidades Sociales son
el conjunto de destrezas que incluyen comportamientos,
pensamientos y emociones que nos permiten relacionarnos con los
demás consiguiendo un máximo de beneficios y un mínimo de
consecuencias negativas.
Están muy relacionadas con la
Inteligencia Emocional, ya que implican tomar conciencia de
nuestras emociones, controlarlas y tener en cuenta las de los
demás. Incluyen además aspectos como la empatía (saber ponerse
en lugar del otro), saber escuchar, mantener un buen contacto
visual, respetar el espacio “interpersonal” del otro sin
invadirlo o ser demasiado distante… y por supuesto con la
autoestima, lo que pensamos de nosotros mismos. Hacen referencia
a conductas tales como sonreír, mantener una conversación de
forma apropiada, saber presentarse a los demás, introducirse en
un juego, cooperar, compartir , negociar, adaptarse a las normas
o reglas del grupo, resolver conflictos de forma adecuada sin
ofender o agredir a los demás, expresar lo que uno siente…. ¿No
es nada fácil, verdad? Los adultos muchas veces tampoco sabemos
“navegar” en el mar de nuestras emociones con nuestros hijos,
pareja, amigos, compañeros de trabajo, familiares…
Las Habilidades Sociales se
pueden aprender y un Entrenamiento en Habilidades Sociales puede
ser beneficioso para todos los niños a los que les cuesta
relacionarse de forma satisfactoria con sus iguales. En estos
“talleres” los niños dirigidos por un terapeuta, pueden
identificar qué emociones, pensamientos y conductas bloquean el
proceso natural de relacionarse con los demás. Cada niño
encuentra una solución creativa ante aquellos mecanismos
inadecuados que tiende a repetir obstaculizando sus relaciones
sociales y puede poner en práctica, otras alternativas más
eficaces. De un modo divertido (juegos de grupo, dinámicas de
tipo expresivo corporal y artístico) descubre en un pequeño
mundo, lo bueno que hay en él y lo que puede aportar a los demás
mejorando su autoestima y su bienestar emocional.
Los niños a veces necesitan
ayuda para quererse a sí mismos. Porque lo que uno piensa de sí
mismo, es el reflejo de lo que nos devuelven los demás. En el
caso de los niños, además de padres y maestros, están los
iguales. Un niño necesita ser reconocido por sus iguales para
ser feliz.
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